viernes, 27 de abril de 2012


El lenguaje condiciona parcialmente la percepción visual
Una investigación confirma que afecta al campo de visión que tenemos a nuestra derecha

Un estudio realizado por dos universidades norteamericanas ha confirmado que el lenguaje afecta a la percepción humana, aunque lo hace de una forma particular: sólo modifica lo que vemos a nuestra derecha, mientras que el campo de visión situado a nuestra izquierda no es alterado por el lenguaje. Anteriores investigaciones habían determinado que el idioma nativo desempeña también un papel fundamental en la percepción, ya que dependiendo de la riqueza del vocabulario, el cerebro construye tantas imágenes de la realidad como las que describre una lengua. El nuevo estudio ha confirmado que el vocabulario también contribuye a modificar la percepción. Por Yaiza Martínez.

Las representaciones visuales están influenciadas por el lenguaje, confirma un estudio realizado por la University of California, en Berkeley, y por la University of Chicago, cuyos respultados publica la revista Proceedings of National Academy of Sciences. La Universidad de Chicago ha difundido asimismo un comunicado sobre esta investigación. 

El estudio ha descubierto que el lenguaje afecta a la percepción humana sólo en la mitad derecha del campo de percepción, es decir, a lo que vemos a nuestra derecha, mientras que el campo de percepción situado a nuestra izquierda no se ve afectado por el idioma que hablamos.
 

La función del lenguaje es procesada predominantemente en el hemisferio izquierdo del cerebro, que recibe información visual directamente del campo visual derecho. Por lo tanto, tiene sentido que el lenguaje procesado en el hemisferio izquierdo influya más en nuestra percepción del campo visual derecho que en la del campo visual izquierdo.
 

Este extraño fenómeno ha sido comprobado en pruebas experimentales realizadas en el laboratorio Richard Ivry’s de la University of California en Berkeley. Un grupo de estudiantes fue sometido a una serie de pruebas, al igual que un grupo de pacientes que habían sido sometidos a operaciones quirúrgicas por las que los dos hemisferios de sus cerebros habían sido separados.
 

Cuadros de colores
 

A los participantes en el experimento se les mostró un anillo formado por 12 cuadrados de colores. Todos los cuadrados eran exactamente del mismo color, a excepción de uno, que era de otro color, y que aparecía a la derecha o a la izquierda de la mitad del círculo. Los participantes debían indicar en qué lado del anillo había aparecido el “intruso” de otro color, señalándolo en las teclas de un teclado.
 

El color de este “intruso” tenía el mismo (verde, por ejemplo, pero en un tono distinto al de los demás) o diferente (azul, mientras los otros eran verdes) nombre que el color del resto de los cuadros. Los investigadores descubrieron que los participantes respondían más rápidamente cuando el color de dichos intrusos tenían un nombre distinto al de los demás cuadros (como si la diferencia lingüística otorgara más peso a la diferencia perceptual), pero esto sólo ocurría cuando el intruso estaba en el lado derecho del campo visual. Sin embargo, si se encontraba en el lado izquierdo no había diferencia.
 

Estudios previos realizados por el director de la presente investigación,
 Paul Kay, del International Computer Science Institute de la universidad de California en Berkeley, y sus colegas, habían comprobado que algunas distinciones de la lengua inglesa no aparecen en otros idiomas o viceversa. 

Por ejemplo, el inglés emplea dos palabras para distinguir los colores azul y verde, mientras que el Tarahumara, una lengua indígena de Méjico, sólo utiliza una palabra para ambos colores. Este hecho, que puede parecer un mero consenso lingüístico, afecta realmente a la percepción del verde y del azul: los angloparlantes realmente ven dos colores: verde y azul, mientras que los hablantes del Tarahumara son incapaces de distinguir la diferencia entre ambos.
 

Evidencia confirmada
 

Un ejemplo similar es el de los esquimales (yuít, yupí e inuit), que en sus lenguas son capaces de utilizar hasta veintidós vocablos diferentes para designar el color blanco, en función del contexto: no es igual el blanco de la piel del oso que el blanco de una tormenta de nieve. Para ambos conceptos se utilizan palabras distintas. Cualquier europeo que viajara al Ártico sólo sería capaz de percibir un color, o como mucho los matices de todos los blancos que tuviera delante.
 

El nuevo estudio sobre la influencia del lenguaje en la percepción visual repitió la parte del test realizado a los angloparlantes en anteriores investigaciones, y confirmó que la percepción de los colores depende de su situación a la izquierda o a la derecha del campo visual, y que la diferencia lingüística profundiza en la diferencia de la percepción.
 

Otros estudios anteriores habían intentado determinar la posible influencia del lenguaje en la percepción, pero sólo para afirmarla o negarla. En este caso, los investigadores han ido más lejos y descubierto que se dan ambas cosas: el lenguaje parece afectar a la percepción del campo visual derecho, pero no al izquierdo. Por eso, deducen que nuestra percepción visual del mundo que nos rodea puede estar, al mismo tiempo, filtrada y no filtrada por las categorías lingüísticas.
 

La cuestión de si el lenguaje afecta o no a la percepción ha sido debatida durante mucho tiempo, pero no desde el punto de vista de la organización funcional del cerebro. La naturaleza de esta organización neuronal predice que, si el lenguaje afectara a la percepción, debería hacerlo más en el campo visual derecho que en el izquierdo, por las razones que se han descrito.

Fuente: http://www.tendencias21.net/El-lenguaje-condiciona-parcialmente-la-percepcion-visual_a863.html

La religión condiciona la percepción visual

El efecto es de larga duración y depende de la severidad de las prácticas religiosas


La religión en la que hemos sido educados condiciona nuestra manera de percibir los estímulos visuales, señala una investigación de la Universidad de Leiden. Así, en función de los entornos religiosos que habiten, los individuos se fijarán más en las características globales o en los detalles de cada imagen que vean. Esta constatación implica que la práctica religiosa tiene un impacto medible y duradero en los procesos de atención, como otros condicionamientos culturales. El descubrimiento podría ayudar asimismo a comprender el papel de los sistemas de creencias en los conflictos interpersonales e interculturales. Por Yaiza Martínez.
La religión en la que hemos sido educados condiciona nuestra manera de percibir los estímulos visuales, sugieren los resultados de una investigación realizada por científicos de laUniversidad de Leiden, en los Países Bajos. 

Anteriormente, diversos estudios habían demostrado que las experiencias culturales (los ámbitos culturales en los que nos desarrollamos) pueden afectar en un sentido amplio nuestra percepción y atención. 

Por ejemplo, en 2001, un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Michigan, en Estados Unidos, demostró que las personas criadas en entornos culturales asiáticos presentaban un estilo perceptivo más holístico (eran más sensibles a las características globales que a las locales de objetos o escenas visuales) que las personas criadas en el ámbito cultural de Norteamérica. 

Pruebas realizadas 

Lorenza Colzato, psicólogo cognitiva de la Universidad de Leiden, y sus colaboradores, realizaron una serie de experimentos con personas inmersas en diversas tradiciones religiosas y con personas ateas o de educación laica, para comprender hasta qué punto el contexto religioso podía afectar a la percepción visual. 

En dichos experimentos se realizaron una serie de pruebas que consistieron, esencialmente, en mostrar a los participantes un cuadrado o un rectángulo que, a su vez, estaban compuestos por pequeños cuadrados y rectángulos. 

Los voluntarios analizados debían distinguir bien las figuras grandes que contenían a las demás bien los componentes menores que conformaban dichas figuras. 

Por un lado, los científicos compararon la percepción visual de un grupo de estudiantes alemanes cristianos calvinistas conservadores y liberales (el calvinismo es un sistema teológico cristiano y una actitud hacia la vida cristiana que pone el énfasis en la autoridad de Dios sobre todas las cosas) con un grupo similar de estudiantes ateos. En total fueron analizadas 72 personas. 

En este caso, se constató que los calvinistas se fijaban más en los detalles, al menos en comparación con los ateos. Esta predisposición al detalle fue evidente incluso entre aquellos calvinistas actualmente menos creyentes (calvinistas liberales), lo que indica que la percepción queda condicionada por el tipo de educación religiosa que se recibe en la infancia.

Por otro lado, en otra prueba se compararon las percepciones visuales de un grupo de 36 adultos jóvenes italianos de educación católica romana o de educación laica, con las de un grupo de 36 adultos jóvenes judíos ortodoxos o seculares de Israel. 

El efecto constatado en esta ocasión fue el contrario que en el caso anterior: los religiosos fueron menos detallistas que los ateos, y se centraron más en la figura mayor que en las pequeñas. 

Formas de mirar el mundo 

Según explican los investigadores de la Universidad de Leiden en un artículo publicado por la revista Cognition, la religión ha sido comúnmente definida como un conjunto de reglas, desarrolladas dentro de cada cultura particular, que proporcionan la sensación de vivir con un sentido y un marco que conforma las vidas y pensamientos de sus seguidores. 

Los resultados obtenidos demuestran que, dependiendo de cómo sea dicho marco, la percepción visual se desarrolla de una manera u otra. En el caso de los calvinistas, se produce una percepción de lo global significativamente reducida. Por el contrario, este tipo de percepción más global está acentuada en las personas católicas y judías. 

Colzato cree que estas diferencias sugieren que las diversas culturas religiosas afectan la forma en que miramos el mundo. De este modo, una religiosidad que fomente el individualismo y recompense el comportamiento “correcto” (como el calvinismo) propiciará una percepción más centrada en lo local, y que por el contrario ignore el entorno, de mayor amplitud. 

Por el contrario, una religión que ponga el énfasis en lo colectivo y en la responsabilidad social (como el judaísmo o el catolicismo), por el contrario, favorecerá la percepción de lo general. 

Otras conclusiones sacadas a partir de los resultados obtenidos fueron las siguientes: que los efectos de la religión en la forma de percibir estímulos visuales es de larga duración (condiciona incluso a personas no religiosas en la actualidad, pero que han sido criadas en un entorno religioso concreto), y que la extensión de dichos efectos varía en función del grado de severidad de las prácticas religiosas. 

Comprender la percepción ajena 

Las constataciones realizadas son importantes y tienen implicaciones relevantes al menos en dos sentidos, explican los investigadores en su artículo. En primer lugar, sugieren que la práctica religiosa tiene un impacto medible y duradero en los procesos de atención. 

En segundo lugar, conocer las características de dicho impacto podría servir para comprender el papel de los sistemas de creencias en los conflictos interpersonales e interculturales. 

Aunque el presente estudio ha estado limitado concretamente a la percepción de los estímulos visuales, se sabe que la propensión a la atención de atributos bien globales bien locales puede causar interpretaciones diversas del mundo. 

Estas divergencias pueden condicionar la comunicación entre personas de orígenes religiosos distintos, sobre todo si es cierto que la religión puede impactar sobre muchos más parámetros cognitivos de los investigados en el presente estudio. 

En la medida en que no se tenga una comprensión clara de cuáles parámetros se ven afectados y cómo éstos nos condicionan, será difícil resolver o evitar los malentendidos que puedan darse, en el presente o en el futuro, entre comunidades e individuos de distintas religiones, afirman los investigadores.

fuente: http://www.tendencias21.net/La-religion-condiciona-la-percepcion-visual_a4839.html

La música cambia nuestra percepción visual del mundo o por qué la música nos emociona.

Mientras escribo estas líneas estoy escuchando unos lieder de Haydn cantados, como es lógico, en alemán. Si bien no entiendo la letra, disfruto mucho de la música, y siendo unas canciones alegres consiguen ponerme de buen humor. Igual nos ha pasado a todos alguna vez con una canción pop, rock o rap (no digamos un aria de ópera) que, aunque no entendamos qué dice la letra, ha conseguido emocionarnos. Y emocionarse es alterar la forma en que percibimos los mismos hechos objetivos. ¿Hasta qué punto influye la música en la forma en que percibimos el mundo? Y ¿de dónde proviene esa influencia? Para responder a la primera pregunta veamos un artículo publicado enNeuroscience Letters por Nidhya Logerwaran y Joydeep Bhattacharya de la Universidad de Londres (Reino Unido), en el que se da cuenta de los resultados de un estudio según el cual la música afecta a cómo se perciben las imágenes, incluso cuando la música ha cesado.
En el experimento, 30 voluntarios escucharon una serie de piezas musicales clasificadas como “alegres” o “tristes”. Tras escuchar la grabación los sujetos veían la fotografía de una cara durante 1 segundo. A algunos se les mostraba una fotografía de una persona “alegre” (la persona estaba sonriendo) y a otros se les enseñaban caras con expresiones tristes o neutras. A los participantes se les pedía que evaluasen el contenido emocional de la cara según una escala del 1 al 7, en la que 1 significaba extremadamente triste y 7 extremadamente alegre.
Los investigadores encontraron que la música influía poderosamente en las evaluaciones emocionales de las caras. La música alegre hacía que las caras alegres pareciesen aún más alegres y la triste aumentaba la tristeza percibida en las tristes. Un efecto similar se encontró con las caras neutras. Este resultado que puede parecer trivial no lo es en absoluto.
En efecto, dos conclusiones importantes se extraen de este estudio. En primer lugar, que las emociones provocadas por la música son “intermodales”, es decir, se contagian fácilmente de un sentido a otro. Esto no es del todo nuevo, ya se sabía que la música puede influir en la percepción de estímulos visuales cuando se presentan simultáneamente, pero este estudio ha sido el primero en demostrar que las emociones evocadas por la música influyen en la percepción del contenido emocional de estímulos visuales que se presentan a posteriori. En segundo lugar, estos resultados vienen a reforzar la idea de que el procesamiento emocional tiene lugar fuera de la consciencia, en vez de estar basado en juicios y decisiones. La música estaría pues relacionada con los automatismos de nuestro cerebro.
Abordemos ahora la segunda cuestión de las que proponíamos al principio. Aunque probablemente parezca obvio que la música provoca emociones, no está claro porqué. ¿Por qué escuchar música es diferente a escuchar hablar a alguien, o a escuchar los sonidos de los animales o a escuchar el camión de la basura? ¿Por qué es agradable escuchar música? ¿Por qué nos influye emocionalmente?
Puede que la respuesta nos la dé nuestro origen evolutivo. La mayor parte de los estímulos evocadores de emociones en la vida de nuestros antepasados habrían sido los provenientes de las caras y los cuerpos de sus congéneres, y si uno encuentra artefactos humanos que poseen un alto poder evocador, es una buena suposición pensar que dichos artefactos deben parecer o sonar humanos de alguna manera. Siendo la música tan evocadora emocionalmente podríamos concluir que la música, a diferencia de otros sonidos, contiene elementos claramente humanos.
La cuestión, por supuesto, es cuáles son esos elementos. Un candidato es nuestro discurso expresivo: quizás la música no sea más que una forma abstracta de lenguaje. Pero esto no parece muy probable, de hecho la mayor parte de la emoción del lenguaje está en el significado, lo que explica que un discurso o el recitado de un poema en una lengua desconocida no despierten emociones en nosotros.
Pero hay un segundo comportamiento expresivo auditivo que los humanos realizan: nuestros propios movimientos corporales. El que los movimientos humanos son la base fundamental de la música es una conjetura que ya hicieron los griegos. El sistema auditivo es capaz de dar sentido a los sonidos de la gente que se mueve a nuestro alrededor: los zapatazos de alguien que camina enfadado, los roces de alguien que se acerca a hurtadillas, un corazón que palpita con tranquilidad o con excitación, etc. Esta capacidad para interpretar los sonidos emocionalmente es un proceso completamente inconsciente, automático.
Algunos de estos movimientos y sus sonidos asociados generan emociones positivas (evocan imágenes de actos agradables), mientras que otros podrían asociarse rápidamente con el miedo y la ansiedad (por ejemplo, el sonido de alguien corriendo o realizando un movimiento acelerado, te hace preguntarte inconcientemente de qué huye o qué le ataca). Según esta idea, si la música sonase como los movimientos expresivos humanos justificaría que fuese tan fácilmente interpretada por nuestro cerebro. En otras palabras, la música habría sido seleccionada culturalmente para sonar, sin que reparemos en ello, como un humano emocionalmente expresivo.
Referencia:
Logeswaran, N., & Bhattacharya, J. (2009). Crossmodal transfer of emotion by music Neuroscience Letters, 455 (2), 129-133 DOI:10.1016/j.neulet.2009.03.044



El tamaño del cuerpo condiciona la percepción del mundo 
01/06/2011

 
Ron Mueck - "In bed"
 
¿De qué manera afecta el tamaño del cuerpo a la forma de ver el mundo? Investigadores del Instituto Karolinska, en Suecia, han realizado un estudio en el que se ha abordado esta cuestión.

Según la teoría clásica, los seres humanos perciben el tamaño y la distancia en función de la interpretación cerebral de diversos estímulos visuales, como el tamaño de un objeto en la retina y el movimiento de éste por el campo visual. Algunos entendidos en la materia opinan, además, que en la percepción también influye el tamaño corporal. Según su parecer, a mayor estatura, menores parecen las distancias.

Los científicos pusieron a prueba estas hipótesis examinando de qué modo un grupo de personas experimentaba como propio un cuerpo diminuto y otro inmenso en un entorno de laboratorio.

En los experimentos realizados, cuando los individuos se imaginaban que su cuerpo era pequeño, atribuían distancias y tamaños mayores que los reales a los espacios, y menores cuando se imaginaron que tenían cuerpos grandes.

Los investigadores aseguran que estos hallazgos son muy importantes, puesto que apuntan a una relación causal entre las representaciones del espacio corporal y el espacio externo. Por consiguiente, el propio cuerpo afecta a la percepción del mundo. 

fuente:http://www.tendencias21.net/notes/El-tamano-del-cuerpo-condiciona-la-percepcion-del-mundo_b3023070.html

La atención puede distorsionar la percepción, revela un estudio 
06/10/2011

Un estudio realizado por psicólogos de la Universidad de Yale ha revelado que centrar la atención sobre los objetos puede distorsionar la percepción que se tiene de ellos, así como de su ubicación en relación con otras cosas.

Los investigadores analizaron las distorsiones perceptivas que se producen cuando la gente centra su atención en algunas cosas, pero no en otras. Los resultados demostraron que cuando se realiza esta acción, los “objetos atendidos” son vistos como más cercanos entre sí de lo que realmente están, mientras que los demás son percibidos como más lejos de lo que en realidad se encuentran, afirman los científicos.

En un experimento realizado se pidió a un grupo de personas que completaran una tarea visual. Los voluntarios miraron cuatro círculos mientras éstos se movían por la pantalla de un ordenador cambiando de colores rápidamente. Antes de que el movimiento empezara, dos de los círculos brillaron intermitentemente varias veces, para indicar que se debía centrar la atención en ellos.

Durante el movimiento de los cuatro círculos, se les pidió a los voluntarios que presionaran una tecla cada vez que uno de los dos círculos que miraban fijamente cambiase de color. Después de varios segundos de movimiento, todos los círculos desaparecieron, y los voluntarios tuvieron que señalar con el cursor de un ratón el lugar donde habían visto por última vez los círculos.

Los participantes localizaron los objetos con gran exactitud, pero tuvieron algunos errores no aleatorios. Los investigadores descubrieron, en primero lugar, que las localizaciones informadas sobre los círculos tendieron ligeramente a ubicarse en el centro de la pantalla, como si la representación mental del mundo fuera ligeramente reducida.

Además de esta distorsión global, los voluntarios recordaron que los círculos en los que se habían fijado estaban más cerca de lo que en realidad estaban (como si se atrajeran unos a otros ) e informaron de que los otros dos círculos estaban más alejados entre sí de lo que realmente habían estado (como si se hubieran repelido). Según los investigadores, estos hallazgos revelan que, aunque la atención permite conectar la mente con las cosas que nos rodean e interactuar con ellas, también puede distorsionar la realidad. 

fuente: http://www.tendencias21.net/notes/La-atencion-puede-distorsionar-la-percepcion-revela-un-estudio_b3330843.html

lunes, 20 de febrero de 2012

EL OJO Y LA CÁMARA

Por A. Becquer Casaballe 
Fuente : Fotomundo.com




Para explicar el funcionamiento de la cámara fotográfica algunas veces se establece una analogía con el ojo humano pero, ¿se parecen?. La realidad es que tienen únicamente algunas similitudes estructurales. También se afirma que el objetivo “normal” tiene el mismo ángulo de cobertura que el ojo. Esos son dos de los falsos mitos de la fotografía.

Básicamente, la cámara fotográfica consiste en una caja hermética a la luz en uno de cuyos lados tiene una lente que proyecta la imagen enfocada, y por lo tanto nítida, sobre el plano opuesto. Por medio del mecanismo de exposición –diafragma y obturador–, en una fracción de segundo la imagen queda registrada en la película o en un sensor CCD en el caso de las cámaras digitales. Como dispositivo, la cámara fotográfica produce un corte espacial y temporal de la realidad. Luego, por medio de una serie de manipulaciones, la imagen adquiere cierto grado de permanencia.

El Dr. Grey Walter, uno de los pioneros de la electrofisiología, explica que “una mirada instantánea no permite a la retina mostrarnos una imagen como la obtenida por una cámara”porque “lo más que alcanza la retina será un menudo centro claro en medio de un vasto campo de detalles indistinguibles”.
El ojo consiste en una esfera a modo de rótula —con cierto grado de movimientos combinados horizontal y vertical—, provista de un sistema óptico integrado por la córnea y el cristalino.
La imagen, enfocada por el cristalino, es proyectada en la retina donde apenas “una mota diminuta —denominada fóvea—, con un diámetro aproximado de un tercio de milímetro y situada en su centro...” posee “células especiales sensibles a la luz, los conos, dotadas de fibras separadas que llegan al cerebro”. Alrededor de la fóvea existen otros conos y bastones, de mayor sensibilidad pero con menor capacidad para captar detalles, que se conectan al cerebro por grupos. Con un nivel elevado de luminosidad, el punto máximo de curva de respuesta de los conos se ubica en el amarillo-verde, con longitud de onda de 555 mn. Esa es la visión “fotópica”. De noche, es decir con la “visión escotópica”, son los bastones quienes cargan con el peso de captar la luminosidad, desplazándose la mayor sensibilidad a la longitud de onda de 515 mn (verde).
Ahí surgen las primeras diferencias con la cámara: mientras el objetivo proyecta una imagen en un plano determinada por el formato de la película, el ojo apenas capta un punto nítido alrededor del cual la discriminación de detalles es muy pobre. Para comprobarlo, basta fijar la mirada en un punto de esta página y apreciar que únicamente una o dos palabras pueden ser identificadas con cierta nitidez. Para leer, el ojo tiene que hacer un “barrido” o, para expresarlo en términos más actuales, un “escaneo”.
El ángulo de visión nítida que proporciona la fóvea es de 2 grados. Eso significa que para ver un paisaje, por ejemplo, el ojo realiza “centenares de movimientos y desplazamientos que requieren millares de movimientos coordinados del ojo”. La visión, por lo tanto, no es instantánea. Al contrario, constituye un proceso cinético de gran complejidad.
El Dr. Walter concluye que “para el sistema nervioso es muchísimo más fácil ver la fotografía de un paisaje que contemplarlo al natural... y esta disminución del esfuerzo se liga al placer especial que nos produce la contemplación de un cuadro o una fotografía” puesto que una imagen ya elaborada (la foto), sobre un plano reducido a unos 10 grados —a diferencia del natural donde el ojo debe barrer cerca de 180 grados con un “sensor” de apenas 2 grados de cobertura—, representa fisiológicamente un esfuerzo notablemente menor.
El pensamiento de Edward Weston es coincidente cuando señala que la fotografía permite“revelar la esencia de lo que está frente al objetivo con tal claridad de percepción que el espectador puede llegar a encontrar la imagen recreada más real y comprensible que el propio objeto”.
De todas maneras, la captación en la fóvea de un punto de imagen es la primera fase de un proceso más complejo, puesto que cada sensación es transmitida en forma continua por el millón de fibras retinianas que integran cada nervio óptico, al “área cerebral de proyección” que se encuentra en la nuca. Sin embargo, “cada imagen que recibe (la retina) persiste durante un décimo de segundo. Por lo tanto, en una rápida sucesión de imágenes cambiantes la persistencia de una se traslapa con la siguiente. Este fenómeno de la persistencia de la visión es responsable de que se dificulte la percepción de los detalles de los movimientos rápidos, pero también hace que una luz rápidamente parpadeante parezca continua”.

En cambio, la película fotográfica capta en una fracción de segundo la totalidad de la escena y, cuanto menor es el tiempo de obturación, más precisos son los detalles de los objetos cinéticos. La cámara revela aquello que el ojo no puede ver. Emile Zola dijo en un reportaje que “no se puede decir que se vio una cosa a fondo si no se la ha tomado una fotografía”.
Reducción de la realidad
La aparente simplificación de la realidad a través de la fotografía, puede ser expresada como un modo de reducción y de síntesis a sus aspectos más sobresalientes, tal como lo expresa Walter Benjamin: “Cada uno podrá observar cuánto más fácil es captar un cuadro, y sobre todo una escultura, y hasta una obra arquitectónica, en foto que en la realidad. Está cerca la tentación de echarle la culpa de esto a una decadencia de la sensibilidad artística, a un fracaso de nuestros contemporáneos. Pero surge entonces como obstáculo la transformación que, aproximadamente al mismo tiempo y por medio de la elaboración de las técnicas reproductivas, experimenta la percepción de grandes obras... Los métodos mecánicos de reproducción son, en su efecto final, una técnica reductiva, y ayudan al hombre a alcanzar ese grado de dominio sobre las obras sin el cual no sabría utilizarlas”.
Benjamin también expresa que “La naturaleza que habla a la cámara es distinta de la que habla a los ojos; distinta sobre todo porque un espacio elaborado inconscientemente aparece en lugar de un espacio que el hombre ha elaborado con consciencia”.
Julio Cortázar, en el cuento “Las babas del diablo” (que fuera llevado al cine por Antonioni con el título de “Blow Up”), se plantea este asunto. El protagonista es un fotógrafo que sin saberlo ha fotografiado un asesinato en Hyde Park. Recién cuando hace grandes ampliaciones de los negativos advierte el cuerpo de un hombre tirado sobre el césped y, entre los arbustos, la figura de quien aparenta ser el criminal con una pistola en la mano. El objetivo de la cámara ha sido capaz de ver con una profundidad infinitamente superior que la mirada.
El éxito de la fotografía radica, precisamente, en el hecho de que puede mostrar –con el realismo más directo– aquello que el ojo no ha podido discernir o que lo ha hecho en forma imperfecta.
Golpe de corte
Para Philippe Dubois eso es “el golpe del corte”. Dice que “la emulsión fotográfica, esa superficie tan sensible, reacciona entera y de un solo golpe a la información luminosa que viene literalmente a golpearla” (El acto fotográfico, Paidós Comunicación, 1986). Eso es un rasgo que no posee el ojo, puesto que todos los haluros de plata son impresionados exactamente en el mismo momento y, “al mismo tiempo, son separados de su fuente luminosa por un corte” producido por el obturador. El “área de proyección visual” del cerebro, en cambio, va construyendo paso a paso la imagen, en forma continua, a medida que le llega la información captada en la retina.
Esa circunstancia inequívoca de la fotografía establece su propia esencia que la distingue incluso de otras formas de representación visual como la pintura. “Allí donde el fotógrafo corta, el pintor compone; allí donde la película fotosensible recibe la imagen (aunque sea latente) de un solo golpe en toda la superficie y sin que el operador pueda cambiar nada en el curso de la exposición, la tela que se pinta sólo puede recibir progresivamente la imagen que se construye lentamente, pincelada a pincelada y línea a línea... Para el fotógrafo sólo hay una elección, una elección única, global y que es irremediable. Pues una vez dado el golpe (hecho el corte), todo está dicho, inscripto, fijado. Es decir, que ya no se puede intervenir sobre la imagen. Son posibles las manipulaciones -como las pictorialistas-, después del golpe (corte), y justamente tratando la foto como una pintura” (El acto fotográfico).
Pero si el corte temporal que proporciona la fotografía (definida como la instantaneidad) es una de las paradojas que el fotógrafo debe resolver para ordenar los elementos, “rigurosamente” como dice Cartier-Bresson, no lo es menos el corte espacial. Y en el corte espacial surge otra diferencia con el ojo tan sustanciosa como el temporal.

Los movimientos del ojo y de la cabeza e, incluso, del cuerpo, hacen que la realidad carezca de un “marco” a modo de frontera o de límites exactos. La continuidad del espacio no admite el encuadre sino apenas el acto voluntario de concentrar la mirada sobre el sector de interés, a cuyo alrededor las cosas se van diluyendo suavemente. Además, ese interés constantemente es alterado o cambiado, ya sea por otros pensamientos visuales más fuertes, por eventos auditivos o visuales que distraen la atención en otra dirección, por la memoria y los recuerdos, etc., es decir, por la gran complejidad psíquica y la influencia del entorno.
Además, la visión humana es estereoscópica mientras que el corte espacial de la cámara tiene un alto y un ancho sin tridimensionalidad, a modo de mirada de “cíclope”.
El tiempo y el espacio fotográfico son particularidades que definen al acto fotográfico y sobre los cuales el autor debe establecer un control —consciente o inconsciente— en el momento de elegir determinadas herramientas tales como el objetivo y la oportunidad para oprimir el obturador.
La fotografía, al final de cuentas, no sería otra cosa que una forma tecnológica de intentar organizar la imagen para darle significado.